Explorar nuevos lugares, oler nuevos árboles, pasar horas con la nariz enterrada en el pasto de la entrada de mi casa para conocer a todos los perros que pasan por ahí (algunos bastante guapos), recorrer el camino desde la puerta hasta el ficus que el abuelo plantó para que hiciera sombra, acompañar a Coco a la escuela y regresar caminando, trepar una barda que me queda en el camino y hacer que mi humana me cargue donde los perros grandes me intimidan son pequeños detalles que agradezco día con día, pero viajar por la campiña morelense, con rumbo de mi pueblo natal, en un camión, de los verdes, en la ventanilla, contemplando el panorama, ha sido una de las experiencias más geniales de mi perruna vida.Visitamos Tlaquiltenango, por alguna razón que desconozco (a veces mis humanas me llevan a lugares muy interesantes, otros increíblemente aburridos), comí pistaches y helado. Nos la pasamos muy bien.


